Reportaje

Iditarod: la última gran carrera

Una carrera imposible

  A finales de los años veinte, el desarrollo de la aviación debilita el transporte con perros de trineo. Una tradición con la que termina, definitivamente, la llegada de la motonieve. A mediados de los 60, sólo unos pocos románticos, guiados más por afanes deportivos que prácticos, conservan sus perros de trineo. 

  La ruta invernal que comunicó las minas de oro de Nome con la civilización cae en el olvido hasta 1973. Aquel año, un pequeño grupo de entusiastas de los perros de trineo se lanza a organizar una carrera invernal con un recorrido imposible: llegar a Nome partiendo de Anchorage siguiendo la antigua ruta de los buscadores de oro. Son 1.700 kilómetros cruzando uno de los territorios más salvajes, duros e inhóspitos de la tierra.

 Algunos piensan que se trata de una auténtica locura. Para confirmarlo ahí están los rostros de los familiares presentes en la salida: más parece que asisten a un velatorio que al inicio de una alegre competición deportiva. A pesar de los presagios, aquel primer año veintidós musher, de los treinta y cinco que toman la salida, conseguirán alcanzar Nome. El ganador en veinte días; el último en treinta y dos.

  Desde aquel año la Iditarod ha perdido quizá parte del romanticismo de aquellas primeras ediciones, en las que aún había tiempo para charlar alrededor del fuego. A cambio, en el aspecto deportivo, se ha alcanzado un nivel, similar al de cualquier otra actividad deportiva de élite, que hace imposible que nadie, sin contar con una preparación muy específica, pueda soñar en terminar la prueba en un tiempo razonable. A la vez, la Iditarod se ha convertido en uno de los más importantes acontecimientos culturales y deportivos de Alaska. A lo largo de todo el año, en las poblaciones por las que transcurre la prueba, se venden un sinfín de recuerdos de "la última gran carrera de la tierra".

  El día de la salida (siempre el primer domingo de marzo) las calles de Anchorage se transforman en un alegre y ruidoso barullo de curiosos, perros, musher, ayudantes, familiares, periodistas y miembros de la organización. A partir de ese momento, toda la población de Alaska, y de muchos estados norteamericanos, seguirá al minuto las noticias de los equipos de perros en su carrera hacia Nome. Estos avanzarán, casi siempre a temperaturas de muchos grados bajo cero, cruzando ríos y lagos helados, densos bosques, tundra, y mar también helado, hasta completar los 1.700 kilómetros que llevan a Nome.

 

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